Cierras los ojos y no hay nada, pero sientes que todo gira a tú alrededor, la música, los flashes que se proyectan más allá de tus párpados. No giras, pero sientes que lo estás haciendo. Te conviertes en un zootropo. A tu alrededor se proyectan sombras, imágenes borrosas, carreteras, risas, y sigue la música. Sientes que el recuento de carretera empieza a ser ya satisfactorio, sin embargo el ansia por la ubicuidad, sigue sin saciarse. El síndrome de la vida única acechando de nuevo. Más, más carretera, más brillar, más magia, más proyectar. Seguimos.

Otra concatenación nublada de amaneceres y atardeceres, esa sensación de peonza evocadora y proyectante de vida. Nadie puede contigo, pero aún no sientes nada. Sientes que necesitas seguir acumulando más vida, y sigues girando, más frenético, más estaciones, más aeropuertos. Y reír. Y llorar. Y no saber.

Estos son los mejores años de tu vida, “the last days in Paradise”, lo intuyes, así quieres recordarlos, te lo repites como una especie de mantra para no perder el empuje y saciar esa ansiedad de búsqueda. Pero a la vez tienes miedo y a veces en plena resaca lloras mucho.

Lloras mucho, porque no sientes nada. Cada vez cuentas más kilómetros, más ciudades, más amigos, más amantes, y sigues sin sentir nada. Nada. Esa es la sensación que queda al final. Nada siempre es nada, pero a veces es todo.

Ciclotimia de sentimientos. La levedad de lo efímero cubriéndolo todo y un estado de ansiedad colectiva alimentando tú vorágine. Un carrusel en el que vives a gritos, sin consecuencias, sin mirar. Y mientras giras, piensas que estás atrapando una celebración constante, cuando lo único que haces es coleccionar despedidas.

Te convences que allá a dónde vas todo se baña en una nostalgia que aún no entiendes, pero cada vez sospechas de una forma más clara que brota de tu propia decepción. Y a estas alturas ya sabes de sobra que la decepción no es otra cosa que un fracaso del alma.

Las almas en teoría no fracasan, se reelaboran y se retroalimentan y sólo entonces se rellenan. Pero ahora mismo sientes que quizá esa “joie de vivre” no vuelva nunca, y eso pesa tanto como el tiempo vivido; y se te anuda el pecho. De alguna manera te consuela saber que en algún punto el destino debe de ser circular y que esas explosiones temporales que han ido construyendo tu banda sonora emocional y autobiográfica de alguna manera volverán para dar lugar a todas las fiestas que vendrán.

Es rara la sensación que a uno le queda cuando por fin su proyecto pasa de ente mental a ser físico. Es extraño, es ilusionante pero a la vez carga con una pequeña ración de despedida. Pasa de ser algo totalmente tuyo, a ser un poco de todo aquel que se para a mirarlo.

all tomorrow’s parties” es un trabajo que realicé hace aproximadamente unos cinco años. Un proyecto autobiográfico y en forma de diario en el que hablo de un tiempo que a pesar de ya no sentir como mío, no deja de ser parte de mi pasado más inmediato.

El proyecto, comenzó como un ejercicio de anclaje a una realidad que se me hacía demasiado dispersa y acabó convirtiéndose en lo que es ahora, un fotolibro que condensa tres años de mi vida en una sucesión de imágenes y breves textos.

El proyecto le debe mucho a las estancias de trabajo que hicimos las Papel de Calzoncillo (cuando aún no éramos ni papel ni calzoncillo) junto con Carlos Albalá en mi estudio. Todas aquellas tardes me enseñaron mucho de mi proyecto, pero sobre todo me enseñaron mucho de mí. Tanto, que ahora ya no sé editar sin una calzoncilla al lado. Este libro, es en parte de todas.

Pero este libro es sobre todo de Cousa Nostra que lo recogió después de estar dando mil vueltas por cajones propios y ajenos. Lo cogieron con mimo, lo diseñó Miguel A. Acosta y ahora ya ES.

El libro ya lo podéis adquirir online o en Zlick. Para acceder al link online, pinchar sobre la foto.